Tu clínica dental de confianza en Murcia

Era un día caluroso del 2001, lo recuerdo porque iba en manga corta y lo primero que hice al llegar a la cantina del bar del Hospital Morales Messeguer, fue pedirme una cerveza bien fría mientras esperaba al Dr.Forcen. Alberto, así era su nombre, había sido mi profesor en la carrera durante 3 años. Lo veía una vez por semana en una asignatura llamada prótesis que sinceramente me parecía bastante aburrida. Yo partía de la base de que todas las asignaturas merecían una oportunidad aunque a primera vista el contenido pudiera ser un autentico coñazo y que el profesor encargado de darla decantaría la balanza para un lado u otro. En este caso pudo el contenido al profesor aunque he de decir que aquel hombre era y sigue siendo un buen tipo.

Llegué unos 5 minutos antes a la cita, yo acababa de terminar  la carrera y la verdad es que no tenía muchas cosas que hacer, a parte de echar curriculums aquí y allá y esperar a que algún alma cándida se fijara en mi y decidiera darme una oportunidad. La verdad es que la idea de ponerme a trabajar me aterraba y por otro lado me entusiasmaba. Todo por lo que había luchado durante 5 años (y un poco antes para conseguir la nota de acceso) se había hecho realidad, pero con el consiguiente miedo a ponerme delante de un paciente y aplicar todo lo que años atrás había aprendido, es decir, poca cosa. Desgraciadamente creo que salimos muy poco preparados para enfrentarnos al día a día profesionalmente. Nos atiborramos a detalles anatómicos, principios activos de fármacos que tienen nombres apocalípticos, pero se les olvida enseñarnos lo más importante y es a tratar eficazmente a un paciente, de una manera práctica.

Cuando Alberto me preguntó si quería trabajar en una clínica, casi me atraganto con lo que estaba comiendo. -Por supuesto! mi respuesta fue rápida, casi intuitiva. -Sí!! Le contesté. Se trataba de un trabajo a unos 140 kilómetros, pero eso era lo de menos, al igual que el sueldo. Un mísero porcentaje sobre los tratamientos que el dueño de la clínica decidiera para mi, pero eso me daba igual. Había llegado el momento y todo lo demás eran cuestiones que dejaban de importarme.

-Empiezas mañana, así que ya sabes, tu tranquilo y haz lo que sepas hacer.

Claro, eso era muy fácil decirlo para alguien que llevaba a sus espaldas miles y miles de pacientes, pero para alguien como yo, eso era un mundo al que tendría que enfrentarme solo. No estaría el profesor para solucionarme los problemas si algo se complicaba, como en la facultad. A partir de ese momento me las tendría que arreglar yo solo.

Esos dos días de espera fueron eternos, me los pasé leyendo apuntes e imaginándome que haría en las diferentes situaciones que me pudiera encontrar.

Quedé con el dueño de la clínica sobre las 15.00h me subí en su coche y nos pusimos en marcha. Era un hombre tosco de aspecto pero muy llano y sencillo. Eso me tranquilizó. Tras los formalismos me preguntó que sabía hacer. Esa pregunta podría tener trampa. Si le decía que mucha, se daría cuenta de que no era así en el primer paciente, y si le decía la verdad podría dar la vuelta y dejarme en el mismo sitio donde me había recogido. Opté por una respuesta salomónica: – la verdad es que he hecho cosas y he visto pacientes pero no tengo la experiencia como alguien que lleve años trabajando. Sólo te diré que haré únicamente lo que sepa hacer, nada de experimentos. Hubo unos segundos de silencio en el que no se si por el sol que nos daba de frente que lo estaba atontando o simplemente estaba analizando qué hacer o decir. – No te preocupes chaval, haz lo que sepas y no te agobies.

Eso me tranquilizó bastante, podría sacar, sin tener que esconderme, todas las chuletas que llevaba con medicamentos y técnicas odontológicas.

Cuando llegamos al pueblo en cuestión, tenía más sueño que nervios, todo el viaje nos había dado el sol de cara y unido a la digestión, el efecto somnífero era importante. Todo ese atontamiento desapareció cuando entramos en la clínica y nos encontramos esperando al primer paciente.

La clínica era muy pequeña, una sala de espera minúscula que se mezclaba con la recepción y un gabinete también pequeño. Todo era bastante viejo ya que era una clínica que llevaba funcionando 20 años y la gente ya la conocía No había necesidad de gastarse dinero en disimular los desconchados de la pared o cambiar el sillón, que era parecido a uno de barbero.

Me puse la bata y le dije a la enfermera que me pasara al paciente. La enfermera era una mujer de unos 45 años que no tenia formación ninguna en odontología, salvo los años que llevaba allí trabajando.

Tuve suerte, aquel hombre tenía poca cosa, una simple caries muy fácil de hacer y de la que podría salir airoso sin ningún tipo de problemas. Y así fue, tras varios minutos de sudores varios y algún temblor que otro había tratado a mi primer paciente. Me sentía eufórico, no había necesitado ayuda y había controlado la situación perfectamente. Cosa distinta fue el siguiente de la lista, presentaba un cuadro infeccioso, y para colmo era alérgico a un montón de cosas. Tendría que recetarle algo pero la cuestión era qué. No valía darle clamoxyl y ya está, la cosa era más complicada. Un sudor frió empezó a recorrer mi espalda y salí del gabinete para consultar mis chuletas. Aquello era un caos, no conseguía dar con la formula correcta ya que sus incompatibilidades deshacían continuamente mis elecciones. Entonces opté por la vía fácil: -Usted cuando ha tenido una infección que ha tomado, se lo comento porque usted mejor que nadie sabe lo que le sienta mejor. Aquella apariencia de amabilidad y cortesía en mis palabras, camuflaban mi ignorancia sobre qué leches podría recetarle a aquel buen hombre. Finalmente el hombre formuló la palabra mágica y “entre los dos” dimos con el medicamento.

En el camino a casa tuve tiempo para reflexionar, me sentía extraño. Me preguntaba cuanto tiempo pasaría para poder entrar en un gabinete sin sufrir y sin pensar si podría solucionar el problema de mi paciente. Ese momento apareció de repente un buen día, pero eso ya es otra historia.

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