Tu clínica dental de confianza en Murcia

Sin saber muy bien cómo, me encontraba a casi 4.000m de altura, dispuesto a saltar de un avión y enganchado a un tipo del que dependía mi vida ya que era el portador del paracaídas.

99 de St. John´s street. Ese era el nombre donde vivía Alfredo. Alfredo había aterrizado en Nueva York hacía apenas un par de años de la mano de Deutsche Bank y trabajaba en Wall Street. Con tan solo 35 años tenía un gran puesto y en su cartera de clientes figuraban Donald Trump entre otros. La verdad es que se lo había ganado a pulso, había estado un tiempo en Madrid y debido a su gran proyección lo destinaron a Nueva York.

Su apartamento estaba en pleno distrito financiero, con unas increíbles vistas al Puente de Brooklyn. No era muy grande, era el típico apartamento de soltero bien situado que se ven en las películas de la tele. No era un presumido, ni un presuntuoso, simplemente se encontraba a 5 minutos a pie de su trabajo y eso viviendo en Nueva York era todo un lujo.

Alfredo nos había invitado hacía unos meses y era imposible rechazar dicha oferta. Estaríamos hospedados gratis, en un lugar privilegiado y tendríamos un guía inmejorable.

La sorpresa llegó a los pocos días de estar allí, cuando después de un cansado día pateándonos la ciudad llegamos al apartamento. Mientras se hacía un cocktail de frutas en la batidora, nos comentó que para el día siguiente ya nos había hecho planes: -Chicos, mañana nos tiramos en paracaídas-. Esa noche me costó dormir, no me hacía a la idea de tirarme de un avión, así que me acosté deseando que el día amaneciera con truenos, rayos y centellas para que se anulara el salto.

Hacía un día espectacular, el lugar del salto estaba a unas 2 horas de la ciudad, así que salimos temprano. Durante el camino fuimos firmando documentos que decían, entre otras cosas, que la empresa no se responsabilizaba de nada en caso de heridas graves o muerte. Todo un gesto por parte de la compañía para aliviar la tensión del personal que pagaba por arriesgar su vida. Me angustiaba pensar qué pasaría si aquel trozo de tela no se abría, en realidad sí sabía que sucedería pero mi nerviosismo iba a más a medida que llegábamos al evento.

Cuando llegamos, nos dieron unas breves instrucciones, nos pasearon por las instalaciones y nos pusieron un mono fosforito. Una de las veces que fui al lavabo, me asombré al ver la cara que tenía. Estaba blanco como la cal y una expresión de miedo reflejaba mi cara. Quizá si hubiera tenido la llaves del coche me habría largado de aquel lugar.

Alguien gritó que nos agrupásemos en un lugar para presentarnos a los monitores que iban a ir enganchados con nosotros. Recuerdo que en la cara de todos ellos se reflejaba un signo de locura aunque había uno de ellos que se llevaba la palma. Mis plegarias llegaron al cielo cuando le asignaron a otro para que fuera con él. El hombre que a mi me tocó rebosaba tranquilidad por todos lados. Lo primero que le pregunté fue cuantas veces había saltado, – unas 3000 me contestó. Supongo que era un pregunta habitual, porque dejó entrever una sonrisa cuando me dijo: – Mira, sé que estás acojonado, pero si te matas tú, me mato yo también y yo no quiero morir-. No sé si realmente eran esas palabras tranquilizadoras las que yo buscaba, pero es cierto que me relaje un poco.

Cuando llegó el avión para montarnos, tenía el corazón a mil. La avioneta era vieja  y no daba mucho aspecto de seguridad, aunque eso no me preocupaba. Llevaba un paracaídas y a las malas podría saltar. Algo bueno tenía que tener todo aquello.

Mientras íbamos subiendo, miraba  la cara de mis amigos. Cada uno intentaba disimular la tensión o el miedo de alguna manera. Unos estaban pensativos, otros no paraban de hablar y otros ni se movían. Yo era de los que no paraba de decir tonterías, pero recuerdo que me sirvió de muy poco.

A los 10 minutos de haber despegado, una luz verde se iluminó. Pensé en más de una película que había visto, cuando los soldados se disponían a saltar. A mi me tocó el segundo después de ver como un amigo desaparecía de mi vista tras saltar al vacío. El instructor me dijo que nos tocaba y nos dispusimos a ir hacia la puerta. No recuerdo bien que hacía o que gritaba, estaba preso del pánico pero a la vez tenía la adrenalina por las nubes. Cuando nos acercamos a la puerta coloqué la mitad de mis zapatillas fuera del avión e intenté no mirar abajo, pero fue inevitable. Aquello se veía todo muy pequeño,demasiado pequeño. -1,2 3-, contó el monitor, y en ese momento y con un leve impulso estaba fuera del avión. La primera sensación que tuve fue la dificultad que tenía al respirar, así que hice caso a lo que me había aconsejado el tipo que llevaba en ese momento a mis espaldas: -Grita!!! Comencé a gritar como si me fuera la vida en ello, y pasados unos segundos todo ese miedo y ansiedad habían desaparecido. Estaba cayendo a más de 200km/h y estaba disfrutando enormemente. Jamás había tenido tal sensación y la diversión era increíble. Cuando llegamos a la altura de seguridad el instructor me dio unas palmaditas en el hombro y tiré de la anilla. El tirón fue brutal, mientras se desplegaba el paracaídas. -!!Se había abierto!!! Eso era una muy buena noticia, pero he de reconocer que durante la caída no se me pasó por la cabeza la posibilidad de que no se abriera.

No se oía nada, sólo la tela del paracaídas hacía un poco de ruido. La imagen que pude contemplar fue increíble. Se apreciaba la curvatura de la tierra y tenía al Río Hudson bajo mis pies, acompañado de un paisaje espectacular. No habían pasado ni 30 segundos cuando el hombre que tenía enganchado a mi espalda me preguntó si me encontraba bien. Ese “sí” que salió de mi boca no pudo ser más sincero, así que me preguntó si me quería divertir un poco más. Cómo iba a decir que no con el “chute” de adrenalina que llevaba. Así que se dispuso a tirar de una especie de anillas que llevan los paracaídas para dirigirlo donde uno desea. Aquello comenzó a dar unas vueltas increíbles, e incluso recuerdo que una de las veces nos quedamos paralelos al suelo.

Cuando llegué al suelo quería abrazar a todo el mundo, sentía tal euforia que me sería imposible describir exactamente qué era lo que realmente sentía.

A la semana siguiente regresamos a España, con multitud de recuerdos y con la sensación de que la vida esconde experiencias únicas e inolvidables, sólo hay que saber  encontrarlas.

La experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede

Aldous Huxley

¡PRIMERA VISITA GRATIS!

¿Estás interesado en este tratamiento? ¡Ven a nuestra clínica! La primera visita es gratuita.